Vivir es un tránsito, un camino en donde todos somos nómadas. Que la travesía merezca la pena, depende de ti.

21 de agosto de 2016

Bempton Cliffs

Los Acantilados de Bempton constituyen una de las reservas naturales más emblemáticas y conocidas del Reino Unido, ostentando fama de ser la más accesible y cómoda para la observación de aves por parte del gran público. Está gestionada por la RSPB (Royal Society for the Protection of Birds), la mayor institución no gubernamental de Europa dedicada a la conservación de las aves, con más de un millón de socios. Esta margen costera se sitúa en el condado de Yorshire y toma su nombre de la pequeña población de Bempton. En su conjunto el espacio natural está constituido por unos cinco kilómetros de acantilados entre Bempton y Flamborough, con un fácil acceso desde la primera de estas dos poblaciones situada en la carretera B1229. Una vez en la zona no habrá problema pues la reserva está perfectamente señalizada.


Bempton Cliffs cuenta con un centro de recepción de visitantes que cobra tres libras y media por adulto, una y media a niños de entre cinco y diez y siete años, y ocho libras y media a familias de al menos cuatro miembros. Además dispone de dos aparcamientos, baños públicos, área de picnic, tienda y un camino entarimado de madera que da acceso al sendero que transcurre a lo largo del acantilado, que se haya situado a corta distancia. Dicho sendero permite caminar a izquierda o derecha por lo alto de los farallones. El parking superior se cierra por la noche, pero en el inferior se puede pernoctar en caravana, al menos durante nuestra estancia a primeros de julio de este año, pues nos consta que ha habido años en los que estuvo prohibida la pernocta y otros en los que, por el contrario, estuvo permitida. Durante el verano el centro permanece abierto de nueve y media de la mañana a cinco de la tarde, horario durante el cual teóricamente para acercarnos a los acantilados tendríamos que pagar la entrada y pasar por el centro de interpretación, ya que la puerta existente en el exterior permanece cerrada. Durante este horario, sin embargo, se puede acceder a los acantilados gratuitamente desde un sendero que podríamos decir permanece "camuflado" y que parte del aparcamiento superior. Este caminito es en realidad la prolongación del entarimado de madera que lleva a los acantilados. Una vez cierran las puertas del centro de interpretación, los miembros de la RSPB abren la puerta exterior de acceso directo al camino de madera. Así pues, en realidad podremos caminar por los acantilados a cualquier hora del día sin la obligación de pagar. El privilegio que supone pernoctar en el aparcamiento y así poder pasear con las últimas y primeras horas del día, solos o casi solos, sobre la colonia de aves marinas con la intensísima actividad que despliegan, no tiene precio.

Según nos estemos acercando al borde del precipicio, el penetrante olor a gallinaza que envuelve el ambiente con gran intensidad nos hará comprender las dimensiones descomunales de la colonia. Una vez has llegado al umbral de la llanura superior, se puede continuar a la izquierda o a la derecha por el ya mencionado sendero, disfrutando del espectáculo increíble de más de doscientas cincuenta mil aves chillando, volando y peleándose. Dicho sendero se encuentra vallado por seguridad y cuenta con varios miradores que permiten disfrutar con comodidad de tan asombrosa atmósfera. Sin prisas, no hay horario de cierre.





Varias especies son las que conviven aquí, en el vértigo de este mundo de paredes verticales de un centenar de metros de altura. Algunas de ellas acostumbran a compartir las estrechas repisas de los acantilados con otras distintas, mezcladas en una bulliciosa comunidad de vecinos, intentando sacar adelante a su descendencia. En la imagen de debajo el aspecto típico de un cantil ocupado por una "ordenada mezcla" de araos comunes (Uria aalge) y gaviotas tridáctilas (Rissa tridactyla), dos de las especies más abundantes.










En esta otra podemos distinguir un frailecillo (Fratercula arctica) y tres alcas (Alca torda) entre numerosos araos, alguno de ellos con el pollo, mientras que en la segunda imagen tenemos una pareja de araos, un ave que pienso tiene un retrato de gran elegancia y plasticidad. 



La preciosa gaviota tridáctila, habitual en la mayor parte de estas costas, es especialmente abundante en esta reserva, donde anidan unas treinta y siete mil parejas, lo que suma el diez por ciento de toda la población del Reino Unido.





La familia de los álcidos está representada en estas costas principalmente por los mencionados araos, frailecillos y alcas, como estas tres de debajo, modestas, con aspecto de pingüino. Tienen por costumbre alcas y araos posarse sobre los tarsos en vez de apoyarse sobre los dedos, por lo que son habituales estas poses tan curiosas y típicas en ellos.








Junto a gaviotas, araos, alcas, grajillas o palomas, anidan en los estrechos agujeros de las paredes del acantilado unos pocos miles del tercer álcido más común en estos mares, los frailecillos. En dos mil cinco, por ejemplo, criaron aquí unos seis mil de estos simpáticos y siempre queridos pájaros. No resulta, sin embargo, tan sencilla su observación y fotografía puesto que, por un lado, muy a menudo se encuentran en el interior del nido o en alta mar pescando y, por otro, resulta imposible acceder visualmente a toda el lienzo del acantilado, por lo que únicamente veremos algunos de los ejemplares que ocupen las cornisas superiores. Quizás por estos motivos parezca haber menos individuos de los que en realidad utilizan Bempton para criar. Así pues, para no irnos de aquí un poco decepcionados, y si nuestro deseo u objetivo principal fuera ver frailecillos, deberíamos pensar en visitar mejor otras reservas distintas, y en especial alguna de las islas donde anidan en el suelo. Allí dispondremos de inmejorables oportunidades de verlos y fotografiarlos.






Mucho menos común que la tridáctila podremos observar también otras especies de gaviotas, como estas dos argénteas (Larus argentatus), habituales predadores y carroñeros de estos ecosistemas.





Otro ave que también tendremos la oportunidad de apuntar en nuestra lista particular será el fulmar boreal (Fulmarus glacialis), ave increíble con aspecto de gaviota pero que no tiene parentesco directo con ellas. En realidad se trata de un animal del grupo de las pardelas, paíños y petreles. De vuelo veloz y extraño pico, resulta quizás más abundante en otros tramos de estas costas del Mar del Norte. Sus rápidas pasadas junto al borde de los acantilados, a pocos metros sobre nuestras cabezas, harán que disfrutemos intensamente.





Sin embargo, si hay un ave que hace las delicias de los visitantes de Bempton Cliffs y que resulta ser sin duda el principal centro de atención de esta reserva natural, ese es el alcatraz atlántico (Morus bassanus), nuestra versión europea de los piqueros. Aquí se aparean y crían unas veinticinco mil aves cada año, siendo la mayor colonia reproductora de esta especie en lo que los británicos denomina "main land", es decir, la isla principal del Reino Unido. El resto de colonias existentes en el continente se ubican en islas más o menos pequeñas, donde han dado lugar a  algunas de las colonias más grandes e importantes del mundo. Bempton Cliffs es un enclave inmejorable para hacer fotos de estas gráciles y grandes aves (tienen el tamaño de un águila real, aunque su envergadura es algo inferior, esbelta y afilada). Si el día se presenta muy ventoso es mágico verlos parados contra el viento, como si fueran cometas a pocos metros del borde del acantilado, permitiéndonos hacerles fotografías en vuelo con relativa facilidad.










Si Bempton Cliffs resulta ser nuestro primer contacto con las  grandes colonias de aves marinas durante el viaje, sin lugar a dudas habremos dado en el clavo, pues nos pareceré imposible tener mejor comienzo para nuestro periplo fotográfico y/o naturalista por las Islas Británicas.

NOTA: Ninguna de las fotos que has visto en esta entrada está editada con recorte, todas ellas presentan el encuandre original y completo de la toma, lo que espero ayude al lector a conocer lo que fotográficamente puede aportar el presente lugar. Por el mismo motivo, todas estas imágenes has sido tomadas en el propio Bempton Cliffs.

17 de agosto de 2016

De safaris fotográficos y otras telas

Los fotógrafos de fauna estamos acostumbrados a buscar fórmulas para sortear el miedo que los animales tienen al hombre y que dificulta, o incluso impide, esa proximidad necesaria para poderlos retratar. Esto se traduce en la necesidad imperiosa de utilizar potentes teleobjetivos, usar sistemas de ocultación como hides y redes de camuflaje, así como multitud de cachibaches y accesorios, además de contar con la herramienta más poderosa e imprescindible de todas: la paciencia.


Salvo un puñado pequeño de especies que se muestran confiadas ante la presencia humana y que hacen las delicias de los fotógrafos de fauna, como las cabras monteses de Gredos o los rebecos y chovas piquigüaldas de Picos, por poner algunos ejemplos de la fauna ibérica, lo cierto es que en nuestra vieja piel de toro nos vemos obligados a perseverar y armarnos de paciencia para poder obtener alguna fotografía de fauna que merezca el calificativo de "correcta", dado que la inmensa mayoría de los animales mantienen distancias de seguridad con respecto de nosotros bastante elevadas. Por desgracia, en ello les va la vida muchas veces. El resto de tomas obtenidas "a salto de mata" no pasarán de ser meros documentos, muchas veces lejanos y casi siempre de mediocre calidad.



Sin embargo, yo creo que en este juego del gato y el ratón está en gran medida la clave para entender el enorme interés que tiene la fotografía de fauna como disciplina altamente especializada dentro de la fotografía general; para comprender por qué engancha tanto a quien la practica. Si fuera sencillo sería aburrido y monótono, ¿no? Además, poder observar de cerca y sin ser vistos a la fauna salvaje manteniendo comportamientos completamente naturales es un sueño para cualquier apasionado de la naturaleza.



No obstante, y como para compensar tanta dificultad, a veces viene bien desempolvar los sueños y dar rienda suelta al dedo que aprieta el disparador de la cámara y dirigir nuestros esfuerzos a ciertas especies que por su falta de temor al hombre las vuelven atractivas y cercanas, incluso osadas. No todo va a ser horas de espera dentro de un reducido hide, pasando calor o frío. Todos hemos deseado alguna vez ir a un safari fotográfico y volver a casa cargados sin demasiada dificultad con Gigas y Gigas de archivos fotográficos de animales exóticos que no huyen de nosotros. Y siempre que usamos esa expresión -safari fotográfico- pensamos en África. Pero ¿por qué? Tenemos otros destinos en los que liberar nuestro hambre de fotografía y nuestra necesidad vital de sentir el esplendor de la fauna salvaje a nuestro alrededor, sin barreras, sin temores, sin huidas precipitadas. Y algunos de esos destinos los tenemos muy próximos a nosotros, aunque nos suene realmente muy extraño usar para ellos la palabra "safari". Pensemos sin prejuicios en lo que significa y vayamos pues de safari fotográfico aquí al lado, a la vuelta de casa.

Este verano, después de varios años acariciando la idea, hemos podido por fin materializar nuestros anhelos un poco nómadas como reza la cabecera de este blog, un poco vagabundos, y hemos pisado algunas de las reservas naturales más emblemáticas del Reino Unido, principalmente en Escocia e Inglaterra, pero también del oeste galés. Y sí, podemos asegurar que ha sido un verdadero safari fotográfico abarrotado de alcatraces, frailecillos, araos, alcas, focas y un sin fin de especies más. Y sí, también los hemos tenido muy cerca, aves confiadas que viven en bulliciosas comunidades que cubren islas o acantilados, que envuelven el lugar con el olor acre de sus excrementos, y que tapizan con ellos de blanco el suelo y a los propios vecinos que vivan por debajo. Y sí, también hemos dado rienda suelta a nuestro deseo de llenar las tarjetas con miles de imágenes sin las complicaciones de la fotografía desde un hide. Las colonias de aves marinas del Mar del Norte y el Océano Atlántico son un verdadero espectáculo de la vida salvaje que nos dejará sin palabras, y quizás también sin Gigas.




En las próximas entradas me voy a desviar un poco de la línea general que tiene Cuaderno de un Nómada y haré pequeños compendios de lo que podemos encontrar en algunas de las principales reservas naturales que nosotros hemos visitado, en aquellas más relevantes desde el punto de vista fotográfico, con la esperanza de que sirvan de ayuda y guía a otros fotógrafos o naturalistas. Ya no tendréis disculpa el próximo verano, reservad un hueco en la segunda quincena de junio o la primera de julio y regalaros un safari fotográfico por algunas de las colonias con mayor número de aves por metro cuadrado que podáis esperar. Son lugares increíbles que no os podéis perder, y están ahí, a la vuelta de la esquina, al ladito mismo de casa.

11 de agosto de 2016

Oradour

Oradour-sur-Glane. Se me ha grabado el nombre, como se os grabará a todos los que por allí os dejéis caer, al rojo vivo.

¿Qué es, o dónde está Oradour-sur-Glane? Por el nombre parece un pueblo francés ¿no? Hay quien pudiera pensar que simplemente es eso. Pero en realidad es mucho más. Es un recordatorio, un desafío a la humanidad, una piedra en su zapato, es un aguijón que se nos clava en el orgullo o, mejor dicho, en la prepotencia de creernos seres superiores y civilizados en este planeta, es la puya que nos baja la cabeza avergonzados y que se junta a otras muchas espinas más. Es parte de la memoria colectiva del siglo veinte, constituyendo una más de las muchas -demasiadas- páginas negras de nuestra era.


La pequeña Tomasina nunca supo muy bien qué sucedía cuando el diez de junio de mil novecientos cuarenta y cuatro la tercera compañía del primer batallón de la División Das Reich de la SS del Tercer Reich rodearon el pueblo francés de Oradour-sur-Glane, un pueblo sin importancia alguna en aquellos días trascendentales del desembarco de Normandía. Se procedió a la agrupación de todos sus vecinos en la plaza del mercado, separando a las mujeres y los niños por un lado, y a los hombres por otro. El grupo compuesto por los primeros fueron dirigidos a la iglesia y allí tiroteados, todos, sin distinción, incluidos varios bebés. Por su parte el grupo de los hombres fue ejecutado a golpe de ametralladora. Posteriormente, todos y cada uno de ellos fueron revisados de forma escrupulosa para rematar a los que aún agonizaban. Los cuerpos de los seiscientos cuarenta y dos vecinos ejecutados fueron amontonados y, en el transcurso de los tres días siguientes, paulatinamente cubiertos con cal viva y posteriormente quemados. Solo unos pocos vecinos pudieron escapar a la masacre. Entre los asesinados se encontraban veinticuatro españoles huidos del régimen de Franco, diez de los cuales eran niños de entre uno y quince años de edad. Tras el pillaje de todo aquello que pudiera tener algo de valor, el pueblo entero fue incendiado sistemáticamente, casa por casa, hasta que el trece de junio lo abandonaron definitivamente. 

Este es el resumen conciso, frío y escueto de la atrocidad que allí se vivió. Eso fue y es Oradour-sur-Glane.


Tras el fin de la contienda, el general De Gaulle tomó la decisión de dejar el pueblo mártir en las condiciones en las que se encontró tras la rendición alemana, y más o menos eso es lo que hoy vemos, entre el silencio de los más ancianos que aún pueden recordar las sirenas de la guerra, y de los más jóvenes que solo saben de ella a través de los libros. El paso del tiempo ha transformado poco a poco el lugar, lo ha maquillado lentamente. Las hiedras verdes escalan y tapizan muros, los restos de los viejos maderos quemados tras la masacre, de las gordas vigas que soportaban los tejados de las casas han terminado por desaparecer, las calles ahora permanecen limpias, ya no hay sangre que tiña de rojo el interior de su iglesia, pero impresiona ver la vieja y enorme campana completamente derretida por el fuego. Los objetos personales colocados en el interior de lo que un día fueron viviendas llenas de vida nos recuerdan que hubo una vez allí una mujer que cosía con su máquina de coser, que un carrito de niño transportaba a algún bebé, que el armazón de hierro de una vieja cama ahora hueco y oxidado, sirvió en una época para el descanso y el amor, que un coche quizás transportaba a un empresario de éxito, que una gruesa chimenea metálica daba calor al hogar de una familia, que una bicicleta llevaba de un lado a otro a algún paisano, que una balanza pesaba la carne que compraban los vecinos cada mañana en la carnicería.








Paseo por sus calles, como pasean los demás turistas, pero no se oye nada, el silencio lo cubre todo, la gente murmura en voz baja, como respetando la memoria de los que allí perdieron la vida a manos de la sinrazón, de la locura de unos sádicos sin corazón. Fotografío esto y aquello mientras pienso en cómo es posible que la historia negra de la humanidad se repita una y otra vez con tanta cotidianidad, y que todos seamos testigos de ello sin poderlo impedir. Camino por el pueblo y se me vienen a la cabeza nombres como Homs o Alepo, y veo las mismas ruinas allí que aquí, las mismas calles llenas de dolor y de sangre, la misma desolación, la misma destrucción. Como espectadores en un cine, vemos a través de nuestros televisores las noticias que nos traen de un mundo que a nosotros nos parece lejano, pero que está ahí mismo, que existe en la realidad, noticias que no son ficción, que no son una película. Noticias que siempre hablan de devastación y horror. De hospitales o escuelas bombardeados, de civiles muertos que se suman imparablemente en listas demasiado amplias. La historia de la humanidad se repite. Siria, los Balcanes, Ruanda, ... la vergüenza nos persigue y nos enmudece. Quizás por eso el silencio envuelva Oradour-sur-Glane aunque esté recorrido por turistas, porque este lugar sabe que hay otros muchos Oradour-sur-Glane en estos mismos momentos. Porque sabe que no hace falta echar la mirada atrás para encontrarlos.

Dicen que un pueblo sin pasado no tiene futuro, y yo lo creo así. Creo que para no cometer los mismos errores mañana, es imprescindible recordar el ayer, aunque ese pasado sea doloroso y negro. 

12 de junio de 2016

El pechi

Y como colofón de lo mencionado en la entrada anterior, volvemos al encuentro del más emblemático pajarillo de los piornales del centro peninsular, como cada una de las tres últimas primaveras. Se trata, evidentemente y como no podía ser de otra manera, del pechiazul (Luscinia svecica), especie-icono de entre las pequeñas aves de la alta montaña gredense. El "pechi" para los amigos.

Si el año pasado esta especie nos dio cruelmente esquinazo en todas y cada una de las jornadas en que lo buscamos, en esta oportunidad hay que decir que se ha comportado mínimamente bien, permitiéndonos finalmente guardar en el archivo un pequeño puñado de fotos decentes, que en su conjunto han compensado los kilómetros realizados durante las sesiones de trabajo que hemos intercalado a lo largo de unos intensos diez días. Reseteo pues el mal sabor de boca que nos dejó la temporada pasada, y en esta de dos mil diez y seis, tras emplear dos jornadas de prospección en una zona nueva en la que pude localizar varios ejemplares y en las que ya dejé preparado el escenario en donde se iban a desarrollar las siguientes sesiones, dedicamos tres tardes laborables a entendernos con este inquieto passeriforme otros dos fotógrafos y yo mismo.

Este año he tenido la sensación de que quizás la sierra nos ha recibido con un cierto retraso en la floración respecto a primaveras anteriores, seguramente como consecuencia de la climatología tan variable e inestable que hemos tenido las semanas previas. Fruto de ello ha sido la escasez de piornos amarillos durante los primeros compases del período reproductor del pechiazul que nos facilitaran un "plató" atractivo, con posaderos y fondos representativos de lo que es la primavera en estas montañas. Que caracterizaran, en definitiva, estos paisajes, que nos ayudaran a describirlos, a pintarlos. Muy por el contrario, el aspecto general de todas las laderas era masivamente verde. Sea como fuere, una vez seleccionado y acondicionado el escenario, "el pechi" acudió a la cita con mayor o menor fortuna a lo largo de las tres tardes y nos permitió aprender un poco más sobre su conducta, querencias y hábitos, experiencia que, sin duda, sabremos aprovechar en el trabajo de campo en temporadas próximas. Y mientras los clics de las cámaras suenan en cortas ráfagas, él se dedica a buscar aquí y allá comida, picoteando por la pradera en busca de larvas, cantando desde sus posaderos habituales, volando de un lado a otro, llevando cebas al nido y, cómo no, haciéndose de rogar pero posando para nosotros de vez en cuando. Muy de vez en cuando.

Y como tampoco podía ser de otra manera, amigos, siempre me quedo con ganas de más.