Vivir es un tránsito, un camino en donde todos somos nómadas. Que la travesía merezca la pena, depende de ti.

25 de mayo de 2014

22 de mayo de 2014

13 de mayo de 2014

Paisaje humano

Esto es lo que queda detrás nuestro, una heredad asfixiada y contaminada. Baldía. Una casa estéril para la vida, desierta de criaturas. Envenenada. Este es el paisaje construido por quienes nos creemos el centro del universo, en lucha constante contra el planeta, expoliadores, egoístas y esquilmantes; corrompidos y perversos. Este es el rastro que dejamos detrás nuestro, un lugar yermo, muerto y olvidado. Un campo de batalla en el que se perdió el argumento y el criterio. Donde pereció la cordura. Esto es lo que queda, un terruño agotado donde se enterró el razonamiento y la razón.









12 de mayo de 2014

El eufemístico control de predadores

Dice el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española que "astuto" es aquel que es "Agudo, hábil para engañar o evitar el engaño o para lograr artificiosamente cualquier fin". ¿Cuántas veces habremos oído este epíteto para describir la adaptabilidad del zorro? Sin duda, innumerables. E innumerables serán las veces que lo volveremos a escuchar en el futuro. Cuando yo oigo, sin embargo, que se adjetiva de este modo al zorro (Vulpes vulpes), sólo pienso en lo injustos que somos los hombres con él y para con el resto de los animales. Tener astucia implica picardía, consciencia de que lo que se hace está mal, que causa un perjuicio a otro o le lleva a una nueva situación; ser astuto entraña conocimiento de que una acción propia provoca una consecuencia directa en otro individuo, generalmente no deseada; significa, en definitiva, tener conciencia del bien y del mal, y eso, con todos los respetos, es algo de lo que solo podemos presumir los hombres, para lo bueno y para lo malo. Somos, efectivamente, la única especie de este planeta que, a sabiendas de que nuestras acciones pueden causar perjuicios o dolor a otros seres vivos (incluidos nuestros congéneres), nos afanamos egoístamente en ellas o, incluso, nos deleitamos y complacemos con ellas (entiéndase: caza, festejos taurinos, maltrato animal en general, destrucción del medio ambiente, actividades industriales relacionadas con los animales, esquilmación de recursos naturales, guerras, delincuencia, etc).

Yo, por el contrario, cuando veo un zorro (que no zorra, nombre con el que se le nombra habitualmente en ámbitos rurales y cinegéticos) no veo a un ser astuto, deseando acabar con la población de caza menor que pueda haber por la zona, sino a un animal inteligente y adaptable, capaz de aprender de las experiencias que le afectan, y de hacerlo incluso con rapidez, algo de lo que nosotros deberíamos tomar buena nota, pues siempre tropezamos en la misma piedra y hemos continuado cometiendo reiteradamente los mismos errores durante toda la historia de la humanidad. Y veo, desde luego, un ser de una bellaza incuestionable. Cercano a mi afectivamente, en cuanto que es como un perro, pero sin domar, libre, que no rehúye la presencia humana allí donde no se le persigue, y capaz, por el contrario, de pasar desapercibido donde el ser civilizado se ensaña con él. Veo un depredador necesario en el ecosistema, como lo son los meloncillos, las ginetas o las garduñas, cuya base alimenticia ha sido, desgraciadamente, apropiada por y para el hombre, lo que ha provocado no solamente el desequilibrio de los ecosistemas sino, además, el eterno conflicto entre este ser expoliador y el resto de los seres que comparten con él el planeta.

Veo zorros a menudo, y siempre que lo hago pienso en cuántos años durará ese animal que cruza por la dehesa o por la tierra de labor, perseguido y odiado, demonizado a traves de fábulas que le han colgado adjetivos y etiquetas que solo nos corresponden a nosotros. Cuando tengo la rara oportunidad de mirar de cerca a los ojos a uno de estos animales no puedo por menos de sentir tristeza. Tristeza por su más que probable trágico destino y tristeza por la enorme pobreza del alma humana.









8 de mayo de 2014

La gestión del oso pardo cantábrico

El sol raso extrae de las laderas boscosas de la cordillera todos sus relieves y texturas. La incipiente primavera nos ofrece los colores intensos de los brotes y las hojas nuevas de los árboles, todavía tiernas. Grupos de rebecos pastan tranquilos a media ladera. Una familia de jabalíes hoza relajadamente mientras un pito negro deja oír su reclamo desde lo más profundo del bosque. Todo esto va sucediendo al tiempo que nosotros "barremos" con nuestros prismáticos y telescopios el paisaje que tenemos enfrente en busca del gran plantígrado ibérico, icono como pocos de lo salvaje, junto con los lobos, nuestros grandes proscritos, como los definió Félix. A lo largo de varias esperas seguimos los andares de algún ejemplar solitario, observamos las interacciones de grupos de tres individuos -en una ocasión dos machos flirteando con una hembra, en otra dos hembras atendidas por un solo macho-, vemos escarceos amorosos entre ellos, persecuciones, enfrentamientos y hasta varias cópulas.






Entre observación y observación y durante estas jornadas de intensas emociones, la conversación gira alrededor del oso, de su evolución poblacional y de los peligros que lo amenazan. Si bien es cierto que en los últimos años se ha constatado un cambio positivo de tendencia, con un aumento significativo del número de osas reproductoras, no es menos cierto que el estado de la especie continúa siendo muy delicado. Y en pos de la necesaria conexión de las dos subpoblaciones de oso que subsisten en la cordillera, no podemos por menos que satisfacernos de que el escandaloso proyecto que el gobierno castellano-leonés perseguía denodadamente para San Glorio haya sido definitivamente abortado, aunque para ello haya tenido que ser la justicia (una vez más) quien, a golpe de sentencias, impidiera a la administración autonómica realizar semejante despropósito. Solo se puede calificar de "subrealista" la actuación de la Junta de Castilla y León legislando en contra de la conservación de un espacio natural protegido. Acostumbrados como estamos en la citada comunidad a que sean los jueces los que impidan los reiterativos y continuados desmanes ambientales de esta administración autonómica, no fue de extrañar en su momento que finalmente numerosas ONGs solicitaran formalmente al gobierno estatal que retirara a la Junta las competencias en materia de medio ambiente. Enumerar los escándalos más conocidos sería comenzar por el propio proyecto de San Glorio, seguido de los casos judiciales de las Navas del Marqués y de la Ciudad del Medio Ambiente, pero también del masivo envenenamiento de los campos cerealistas con toneladas de rodenticidas, su dejación de funciones en el cierre de alguna conocida y poderosa mina a cielo abierto ordenado judicialmente, los trágicos parques eólicos ubicados en hábitats de urogallos, etc. En fin, que numerosos responsables de la gestión del medio ambiente en esta comunidad autónoma estén imputados en procesos judiciales precisamente por delitos ambientales no es un buen síntoma, ¿verdad?. Recordemos que incluso un ex-Consejero de Medio Ambiente fue denunciado por el SEPRONA por furtivismo, o que un Director General de Medio Natural autorizó en 2008 el uso de lazos ilegales en una zona osera (que se tenga constancia, pues probablemente haya sido una práctica autorizada en más ocasiones y en más lugares, puesto que ya lo fue también en Salamanca y Ávila en 2006).

Volviendo a la especie, podemos congratularnos del aumento paulatino del número de ejemplares de la población occidental, gracias principalmente a la adecuada gestión -aunque mejorable- que se ha hecho de la misma en el Principado de Asturias, y al interés y preocupación que se ha generado en la población local respecto de la misma, haciendo que se la sienta como algo propio que hay que conservar, e incluso como un activo que puede generar riqueza en las comarcas oseras. Esto está facilitando al oso pardo cantábrico la recuperación de antiguos territorios en valles y montañas de los que había desaparecido hacía muchas décadas. Este aumento en su área de distribución ha permitido así mismo el regreso de la especie a amplias áreas de la vecina comunidad castellano leonesa -que rápidamente se ha colgado las medallas que no le corresponden-, a pesar de esa pésima gestión a la que venimos aludiendo (por ejemplo, con batidas al jabalí autorizadas en manchas de monte en las que se tiene constancia de la presencia de osas con crías, por poner un ejemplo).

Los últimos datos que proceden de la población oriental de oso pardo cantábrico pudieran indicar también que nos hayamos en un punto de inflexión, ante un cambio de tendencia quizás histórico, con un aumento -aún realmente tímido, no podemos olvidarlo- del número de hembras reproductoras, pero aumento al fin y al cabo. Si ese cambio de tendencia se confirma en los próximos años podrá suponer para este núcleo oriental dejar atrás el fantasma de la extinción. Hasta que ese cambio de tendencia se pueda constatar, lo cierto es que este núcleo se encuentra en una situación de extrema gravedad, cercana al colapso desde hace ya demasiadas décadas, y que podríamos calificar sin temor a exagerar de "límite", con un número muy bajo de hembras reproductoras rodeadas de ejemplares machos dispuestos cada temporada a cometer infanticidios, aislada, con problemas de consanguinidad, con escasos e insuficientes intercambios genéticos con la población occidental, baja producción de nuevos ejemplares, numerosos casos aún de furtivismo, con una gran presión cinegética contraproducente para su tranquilidad y bajo la espada de Damócles que supone la nefasta gestión de la administración autonómica.




Quiero ser positivo, en cualquier caso. El mero hecho de observar a uno de estos animales, poderoso, caminar con increíble agilidad por los escarpes más temerarios de nuestra cordillera cantábrica, o buscar su sustento en las cercanías de las aldeas y las brañas sin ser detectado, me insufla ánimos de que lo van a conseguir. Solo tenemos que poner un poco de nuestra parte, los osos pardo cantábricos simplemente nos piden una cosa: sentido común. Si actuamos con sensibilidad y si las administraciones gestionan nuestros montes aplicando la simple lógica, el oso lo conseguirá, y podrá salir del oscuro agujero a donde la prepotencia del hombre lo abocamos hace mucho tiempo, poniéndolo al borde mismo de la extinción.